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Cuento de Vacaciones. Guillermo Altomano

Un cuento de Vacaciones

Se trata de Jorge, de unos treinta años, psicólogo que ejerce su profesión hace pocos años y de forma muy dedicada. Se encontraba en el centro de Rosario a punto de hacer un trámite, en una mañana soleada y templada. Esas, que siguen a varios días de calor. Tenía un libro de Freud y otro de Fontanarrosa apoyados en sus piernas, con la idea de aprovechar ese tiempo de espera, y a punto de elegir cuál abordar primero, sucedió que:
- “Hoy, mientras esperaba ser atendido en el Ministerio de Salud, sentado en una sala, un hombre a mi lado, me comenzó a hablar. Creí, inicialmente, como para matar el tiempo, que me diría algo del festejo de los hinchas de Central frente al monumento a la bandera de anoche, pero en lugar de ello dijo”:
- Perdón, le puedo decir, ¡qué color de vacaciones el que Ud. tiene en su cara!
- Sí. Cuando se puede viene bien, y creo que siempre se puede menos de lo que uno desearía ¿no?
- Bueno, no vaya a creer que siempre es así para todos. Pero, ¿cuál es la profesión que lo trae por aquí?
- Psicólogo ¿porqué?
- Porque entonces me va a entender sin tener que explicar demasiado. Aprendí, y no en una facultad, que hay personas que irse de vacaciones no es lo que desean. Entendiendo por vacaciones, cambiar de ámbito y geografía, buscar algo distinto a lo cotidiano, salir de la rutina de irse a la mañana y volver después a la misma casa, a encontrarse con las mismas cosas, las mismas vistas desde la ventana, mirando al mismo barrio y a las mismas calles de todos los días. Y por lo tanto, lograr cierta sensación de alegría por el cambio de lo de todos los días, y hasta sentir como un tiempo de libertad una vez al año.
Hablo de esas personas a las cuáles les pasa todo lo contrario a eso cuando viajan de vacaciones con su familia. Aprendí que el cambio de ámbito les produce desconcierto, que les cuesta mucho, aunque el paisaje sea hermoso, poder apreciarlo, pues les resulta algo nuevo. Y lo nuevo puede asustarlos, precisamente porque no es conocido. Lo desconocido les lleva mucho tiempo poder asimilarlo a algo grato y placentero. Lo logran solamente cuando vuelven allí una y otra vez. Cuando entonces, tiempo mediante de ir y venir una y otra vez, comienza a ser algo ya levemente conocido. Y por lo tanto, recién ahí, pueden entender que ese lugar es transitorio, y que luego de un tiempo breve volverán a su casa, pese a que ese tiempo, en ese lugar transcurra junto a su familia. Para ellos, vivir la alegría, con las que muchas personas comienzan sus vacaciones, es al revés. Viven con alegría cuando éstas concluyen y se reencuentran con su barrio, su casa, sus espacios, sus objetos cotidianos y conocidos.
Todo esto, y mucho más, aprendí observando a mi hijo tratando de sentir y percibir como lo vive él, para poder comprenderlo. Pues, no puede decírmelo con palabras, pero sí puede decirlo de otros modos. Si uno está atento a sus miradas, sus gestos y sus expresiones él, Pedro, mi hijo que tiene 23 años lo expresa.
En ese instante, una mujer que estaba sentada a la izquierda de este hombre, intervino a continuación:
- Discúlpeme señor, no pude evitar oír, y quiero decirle que me emocionó escuchar lo que dijo de su hijo y las vacaciones. Lo felicito por su sensibilidad.
- Gracias, pero creo que la sensibilidad es algo que desarrollé criándolo. Algo que me permitió comunicarme con él de un modo no habitual. Fue la forma que hallé. Debe haber otras probablemente, esta es la que yo pude encontrar, y debo reconocer que no fue rápida ni fácil.
- Señor, si me lo permite, me gustaría contarle lo que recordé mientras lo escuchaba, pues viene a cuento del tema en más de un sentido. Es lo que mi padre, un día, cuando me iba de vacaciones por primera vez con mi esposo y mi primer hijo, me confesó: “Querida, espero que puedas disfrutar este tiempo venidero, confío en que tu madre te lo enseñó, y en que tu esposo también tiene esa capacidad, que yo nunca pude desarrollar, la de disfrutar las vacaciones. Para mí, siempre fue algo desagradable tener que irme de casa a vivir en otro lado, en la costa o la montaña. Tener que conocer lugares nuevos y vivir allí un tiempo, manejar el auto muchos kilómetros para ir y volver. Soportar el calor y la arena dentro de los sándwiches que comíamos en la playa, odioso. ¡Qué tenía para mí eso de lindo!, nada. Lo que a mí me gustaba y me gusta es estar en mi casa, ir a trabajar y volver a mi sillón y mi escritorio. No te podés imaginar lo que sufrí cuando tuve que viajar por primera vez a Estados Unidos por mi trabajo y sólo. La angustia y el miedo fueron muy grandes. Y así todas las demás veces. Pero me acostumbré, porque era mi trabajo y lo tenía que hacer para progresar. Las vacaciones me costaban mucho, pero eran lo que tu madre quería para Uds. Y me di cuenta enseguida que ella, vos y tus hermanos las disfrutaban y las esperaban, y de ese modo tenían sentido para mí. No sé porque, pero así fue y es lo que a mí me pasa con este tema. Con mi profesión y mi trabajo enfrenté muchos desafíos y siempre me fue bien y lo disfruté, pero las vacaciones, algo muy difícil siempre para mí.”
- Como Ud. verá, mi padre, un profesional, un ingeniero exitoso, un excelente padre, esposo y abuelo, tenía muchas capacidades, pero disfrutar las vacaciones no era una de ellas. Por lo tanto, pese a las diferencias, su hijo y mi padre tienen algo en común. Discúlpeme, necesité decírselo y decírmelo.

- Ese día, esa mañana, iba a ser para mí, un tiempo de espera calculado, para una gestión administrativa. Había llevado algo para leer, y en lugar de ello, me encontré con la sorpresa de dos relatos tan vívidos como ricos, que me llevaron a pensar que el placer que me produce lo que mi profesión y mi trabajo me brindan puede estar en cualquier lugar, no sólo en el consultorio, un aula o una institución. En los lugares donde se pueda oír y escuchar la interacción humana y sus posibles efectos. Tanto en presencia de un diálogo, como en los diálogos internos contenidos en los relatos. Como consecuencia, redescubrir que puedo disfrutar mi tiempo de vacaciones, que me gusta volver a mis cosas de todos los días, pero también me gusta lo inesperado que se presenta a menudo, habitualmente. También, algo para trabajar y enfocar con cada paciente, prestando más atención en aspectos cotidianos de sus vidas para poder acompañarlos mejor en sus viajes posibles o imposibles.

Guillermo J. Altomano – Febrero de 2014

 
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